miércoles, 30 de octubre de 2019

La historia del Sándwich de atún narrada para niños creativos

Se cuenta que en el 900, allá por lo medieval y lo calavernario, un muchacho burgués de apariencia mansa y cabales impetuosos caminaba por los pasajes de su metrópolis en los lejanos rincones de la apestosa Francia. Desconcertado, fue entonces cuando un pordiosero —que ni tan pordiosero, sino que de esos viejos que menguan la fortuna en alcohol hasta caer en la miseria— se cruzó en su camino. Estaba sentado en medio de la acera terrosa y parecía hambriento. Inmediatamente como se percató del zagal, liberó la greña que le atascaba la nariz hacía rato, y vociferó con evidente exageración: «¡Oh, mancebo! ¡He visto la salvación!». El retoño francés volvió la mirada al suelo y se encontró al desaliñado rebuscando desesperadamente entre sus bolsillos hasta dar con medio trozo de pan tieso. «Si me da tres monedas, mancillo, mancete... le daré mi pan y usted comerá pan, que seguro con la escasez usted pan no ha visto desde la conquista y yo, yo, lloro, mancillo y mancete... y al fin comeré pescado un día, que las piernas ya no permítenme ni andar ni rodar hasta el puerto y vea qué infortunio, mancillo, si octubre es cuando más pescado trae el mareaje y más que huele, y más es menos si yo no lo tengo ni lo puedo saborear». Tras oír las suplicas casi sollozantes del pobrehombre, el jovencillo se vio plenamente enternecido y decidió que aquel auxilio que el destino le estaba plantando, no era sino una responsabilidad que debía apaciguar con otro de sus actos de heroísmo —pero destacable tacañez— por los que ya era bastante reconocido. Entonces, sin atreverse a soltar palabra alguna al vejesto, fijó la mirada y apresuró el paso hasta que se le perdió vista en el sendero.



***


Tras unas horas de cálido soleaje de verano, el mendigo ni se había movido, ni había llorado, y tampoco había vuelto a liberar la greña, solo yacía sentado maldiciendo su suerte y ocultando la cabeza del sol bajo una rama que a ratos lograba alcanzar estirando el torso. Cuando vio al mancete acercarse por segunda vez, sintió un repelús en la piel. A lo lejos, seguro le habría dedicado cien mil sandeces repletas de rencor, pero cuando estaba tan cerca que cualquier sandez —incluso soltada en la mente—, retumbaría en las orejas del retoño, sintió, nuevamente, un ápice de esperanza tremendo; sin embargo, echó su hambre a la suerte y no pensó en insistir ni en suplicar, se mantuvo allí, expectante, casi mezclándose con el paisaje amarillento. El muchachín, caminante airoso, pecho fresco, mirada segura, amenoró el paso, y, finalmente, se plantó junto al hambruno para dejar caer un pescado al suelo, a una distancia incómoda, pues para alcanzarlo el hombre precisaba de un estirón tan considerable que resultaría una molestia física, pero tampoco se hallaba tan lejano como para que tal acto sea coronado como humillante por el ojo común. «Déjelo allí», indicó el mancillo incluso antes de que el viejo realice algún movimiento. «Y no tiene que agradecerme con su pan», continuó mientras acomodaba su corbatín, y se emparejaba los cabellos. «El sol se encargará de preparar un bocadillo que yo mismo he descubierto. Cuando esté listo, le llegará un olor y usted, mundano caballero, deberá echarlo entre la comisura del pan que guarda en el bolsillo; solo así, y de esa única forma, usted saboreará mi creación». Inmediatamente, le dio las buenas tardes, una pequeña sonrisa bondadosa se le marcó en el rostro pálido y, de nuevo, perdió su rastro entre el camino.


El mendigo ya en su ánimo culminante, de mirada fija y reflexiones vagas y rencorosas, permaneció quieto por más de lo que hubiera deseado su hambre. Mantenía el rostro inexpresivo y los ojos cerrados, haciendo imposible especular sobre la posición moral que había tomado ante lo acontecido, ante el sujeto y ante el pescadillo que seguía tumbado en plena acera, y que de vez en cuando era semipisoteado por los hombres y contemplado de reojo por el mendigo. Después de un rato, el sol cumplió con su deber, parecía ser una ilusión pero no podía ser de otra forma, era un poco de humo asomándose por el cadáver del animalillo, y hedor le hacía despertar aún más el hambre. Finalmente, cuando intentó encajarlo en su pan, la propia textura pegajosa del animal hizo que sea desintegrado en finas hilachas, y apoyado por sus manos, lo descuartizó con cierta brusquedad hasta que quedó completamente adentrado. Echó el primer mordisco con incredulidad, y el segundo y el tercero y entonces, se levantó a patentar el invento.


 

-Omar Oliden






Créditos al autor de la imagen.

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